Tiempo de asumir mi orfandad. No quiero ser nada que me nombre de tal o cual manera. Quisiera ser en el paisaje, ser permanecer, estar discurrir sin derrapar, sin lastimar mis rodillas o mis codos un viejo puerto, un barco oxidado que pasa desapercibido y lo atestigua casi todo.
Algo que entre y salga que se aquiete por momentos que fluya sin discutir, que discuta sin lastimar. Una certeza que me devuelva la inocencia, una experiencia cierta, sin ruidos, sin murmullos internos, fluyendo. Sintiendo y siendo inconmensurable. Ser atraída por los pasos de los caminantes percibiendo la belleza, deleitándome, humilde y hallando fortaleza para seguir intentando, seguir creciendo y soñando sabiendo que no siempre estaré acompañada ni siempre sola pero cuando ello ocurra no desearé mendigar porque soledad es estar entera en una plaza que esta llena de gente que espera lo mismo que yo. Soledad es participar, tocar, estar en, estar con el otro sin perderse, sin corromperse. Intercambios y ser, a pesar de todo, la única que cuida esa pequeña mata de azaleas. Estoy viva, soy mi principio activo, generadora de lo posible, vehículo de lo probable.
